En un mundo globalizado como el nuestro, uno puede elegir casi con opciones infinitas el nombre que quiere dar a su hijo o hija, quitando alguno que otro que puede herir sensibilidades; desde luego, la imaginación de algunos padres no tiene fin, y desde luego que nos encontramos con algunos patronímicos que dejan mucho que desear, pero bueno, así es la libertad a la hora de nombrar a nuestros descendientes.

Por supuesto, hubo una época en que no era así. Durante la antigüedad, cuando empezaron a forjarse las primeras lenguas propias y las palabras realmente tenían gran importancia, el nombre que a uno le imponían al nacer tenía real relevancia, no sólo para el que lo elegía, sino también para el que lo ostentaría durante toda la vida. Cierto que en ocasiones no se tenía un criterio muy razonable, pues casi se elegían estos nombres esperando que su portador gozara de unas u otras cualidades , aunque por supuesto esto era bastante raro que ocurriera; así, era frecuente elegir el nombre para los recién nacidos entre un vergel  de dioses, fenómenos naturales, elementos de la naturaleza o, simplemente, inspirados en algún antepasado cuya vida se supuso gloriosa. Si los pequeños finalmente tenían sus mismos atributos, era difícil saber si realmente su nombre influía, o simplemente eran aleccionados desde la niñez para que, al menos, lo simularan (el poder de la sugestión es infinito, jeje).

En esos casos, el llevar un nombre u otro casi sería como el horóscopo: se supone que eres de un signo que determina tu forma de ser a causa de la fecha de tu nacimiento; a veces comparte características, a veces no, pero siempre encuentras una causa para justificarlo. En aquellos tiempos lejanos llamarte de una forma determinada era algo así: ser llamado guerra, paz, tormenta, sol, amado o cariñoso, suponía que de alguna manera eras una persona con las cualidades propias de estos sustantivos; y creedme, eso sí que podía influir en la vida de la gente.

Ahora hemos pasado al otro extremo, donde llevar un nombre en concreto no condiciona para nada, ni siquiera tiene que gustarte ni estar de acuerdo, puesto que son muchos los países en los que te permiten cambiarlo cuando eres adulto. Como en todo, los extremos no son buenos y deberíamos encontrar el punto medio, así que quizá quieras dar un paseo conmigo por el apasionante mundo de la antroponimia (la ciencia que estudia el origen de los nombres  propios, no penséis nada raro, jeje).

- Silvia